martes, 26 de abril de 2011

Cuento policial: El envenenador de Sir William (A. Berkeley)

CUENTO POLICIAL
El Envenenador de Sir William (Anthony Berkeley)

Roger Sheringham pensaba, después, que el crimen de los bombones envenenados, como lo llamaron los diarios, era, de todos los asesinatos que conocía, el planeado con más perfección. El 15 de noviembre, a las diez y media de la mañana, según su invariable costumbre, Sir William Anstruther entró en su club, el muy exclusivo Club Arco Iris, y pidió su correspondencia. El portero le entregó tres cartas y un paquete chico. Sir William se acercó a la chimenea encendida en el gran salón para abrirlos.
Pocos minutos después, otro miembro llegó al club, un señor Graham Beresford, que también recogió una carta y un par de circulares, y se acercó a la chimenea, saludando con la cabeza a Sir William, pero sin hablarle. Los dos hombres se conocían apenas, y quizá nunca llegaron a cambiar, en total, una docena de palabras.
Después de dar una ojeada a sus cartas, Sir William abrió el paquete, y lanzó un fuerte gruñido de disgusto. Beresford lo miró, y con otro gruñido Sir William le tendió bruscamente una carta que había sido incluida en el paquete.
Disimulando una sonrisa (pues los modos de Sir William eran tema de bromas para sus consocios), Beresford leyó la carta. Provenía de una gran firma de fabricantes de chocolate, Mason e Hijos, y explicaba que querían lanzar al mercado una nueva marca de bombones de licor, destinados especialmente al gusto masculino. ¿Querría Sir William hacerles el honor de aceptar esa caja de un kilo y comunicar a la firma su sincera opinión sobre esos bombones?
—¿Me toman por una corista? —dijo, humeando de rabia, Sir William—. ¡Testimonios sobre sus chocolates! ¡Esto es intolerable!
—Bueno, a mí tampoco me alegra —lo consoló Beresford—. Me recuerda algo. Mi mujer y yo estuvimos en un palco en el Imperial, anoche. Hacia el final del segundo acto le aposté una caja de bombones, contra cien cigarrillos, que no acertaría con el culpable. Y ganó. Tengo que acordarme de comprarlos. ¿La vio usted: La calavera crujiente? No es mala pieza.
Sir William no la había visto, y lo declaró con fuerza.
—¿Necesita una caja de bombones? —añadió, más suave—. Bueno, tome esta caja. Yo no la quiero.
Cortés, Beresford vaciló por un momento; luego, desgraciadamente para él, aceptó. El dinero que ahorraba así no significaba nada, pues era un hombre rico, pero valía la pena ahorrarse una molestia.
Por una verdadera casualidad, ni la envoltura de la caja ni el rótulo se quemaron; los dos hombres habían arrojado a las llamas los sobres de sus cartas. Sir William había hecho un lío con el hilo, la envoltura y la carta, y lo había entregado, distraídamente, a Beresford, que dejó caer todo dentro del guardafuego. El portero recogió más tarde este lío y, como era un hombre ordenado, lo metió en el canasto de papeles; ahí lo encontró la policía.
De los tres inconscientes protagonistas de la tragedia, Sir William era, sin duda, el más notable. A los cincuenta años, con su llameante cara roja y su figura altiva, era un típico señor rural de la vieja escuela, y tanto sus modales como su lenguaje concordaban con la tradición. Respecto a las mujeres su actitud concordaba también con la tradición de los buenos y audaces aristócratas.
En contraposición con él, Beresford era, en cambio, un hombre común: alto, moreno, no feo, de treinta y dos años, quieto y reservado. Su padre le dejó una buena posición, pero, como el ocio no lo seducía, se dedicaba a los negocios.
El dinero atrae al dinero. Graham Beresford lo heredó, lo produjo y hasta se casó con él: se casó con la hija de un difunto armador de Liverpool, que tenía no menos de medio millón de libras.
Pero el dinero era un incidente, pues Beresford estaba enamorado y se hubiera casado (decían sus amigos) aunque ella no hubiera tenido un cobre. Era una niña alta, de mentalidad seria, muy cultivada, no tan joven como para carecer de carácter, pues tres años antes, cuando se casó, ya había cumplido los veinticinco años. En fin, era la esposa ideal.
Tal vez fuera un poco puritana, pero Beresford, después de su alegre juventud, estaba dispuesto a ser él también un puritano. Para decirlo de una vez, los Beresford habían realizado esa octava maravilla del mundo moderno: un matrimonio feliz. Y entonces cayó, con inexorable tragedia, la caja de los bombones.
Beresford se los dio a su esposa después del almuerzo, durante el café, con alguna broma sobre el pago de las deudas de honor; ella abrió la caja en seguida.
La camada superior parecía contener sólo kirsch y marrasquino. Beresford no quiso echar a perder un buen café, y su mujer comió sola el primer bombón.
Exclamó, sorprendida, que el licor del relleno parecía muy fuerte, y que le quemaba la boca.
Beresford explicó que eran muestras de una nueva marca, y luego, curioso por lo que decía su mujer, tomó también uno. Un gusto ardiente, no intolerable, pero demasiado fuerte para ser placentero, siguió al derrame del líquido, el sabor de almendras le pareció excesivo.
—Son fuertes —dijo—. Deben de contener alcohol puro.
—No les saldrá muy caro —exclamó su mujer, tomando otro—. Son muy fuertes. Sin embargo, creo que me gustan.
Beresford comió otro; le gustó menos aún.
—Basta —dijo con decisión—. Me dejan la lengua dormida. Si fuera tú, no comería más. Deben de tener algo malo.
—Son un experimento, supongo —respondió ella—. Queman. No sé si me gustan o no.
Pocos minutos después, Beresford salió para una cita de negocios, en la City. La dejó investigando si le gustaban o no los bombones, y comiendo para decidirse. Beresford recordaba vívidamente ese trozo de conversación, porque fue la última vez que vio viva a su mujer.
Eso ocurrió, más o menos, a las dos y media de la tarde. A las cuatro menos cuarto Beresford llegó a su club, en un taxi, casi desmayado. El chauffeur y el portero lo ayudaron a entrar, y ambos describieron luego su palidez cadavérica, sus ojos fríos, sus labios lívidos, su piel húmeda y viscosa.
El portero, alarmado en extremo, quiso pedir un médico, pero Beresford, que aborrecía los alborotos, lo rehusó; dijo que sería alguna indigestión y que pasaría en pocos minutos. Cuando el portero se fue; le confió a Sir William:
—Ahora que pienso, creo que son esos bombones infernales que usted me dio. Cuando los probé me pareció que tenían algo raro. Es mejor que vaya a casa y vea si mi mujer…
Se detuvo bruscamente. Su cuerpo, que se recostaba en el sillón, se irguió de repente: sus quijadas se apretaron, los labios lívidos se estiraron en una horrible mueca sardónica y las manos se crisparon en los brazos del sillón. Al mismo tiempo, Sir William percibió un inconfundible olor de almendras amargas.
Sir William, creyendo que el hombre se moría ante sus ojos, llamó a gritos al portero y a un médico. Los otros ocupantes del salón se acercaron de prisa; arreglaron en posición más cómoda el convulso cuerpo del hombre ya inconsciente. Antes que el médico llegara, un mensaje telefónico se recibió en el club. Era de un agitado sirviente que llamaba al señor Graham Beresford, pues la señora Beresford estaba gravemente enferma. En realidad, ya había muerto.
Beresford no murió. Había ingerido menos veneno que su mujer. El médico tuvo tiempo de salvarlo. Después se halló que la dosis que había tomado no era mortal. Hacia las ocho de la noche ya estaba consciente; al día siguiente se reponía poco a poco.
En cuanto a la infortunada señora Beresford, el médico llegó tarde: dejó de existir, en poco tiempo, en un profundo coma.
Se interrogó a Sir William, la carta y la envoltura fueron recuperadas del canasto; aun antes que el enfermo estuviese fuera de peligro, un inspector de investigaciones pedía una entrevista con el gerente de Mason e Hijos.
En esta etapa del asunto, la teoría policial era que, según lo que Sir William y los médicos explicaron, por un acto de negligencia criminal, un obrero de Mason había incluido una cantidad excesiva de aceite de almendras amargas en la mixtura que rellenaba los bombones. Las almendras amargas eran el ingrediente tóxico que los médicos habían encontrado.
Sin embargo, el gerente rechazó esta idea. El aceite de almendras amargas, afirmó, no era usado jamás por la casa Mason.
Tenía novedades más interesantes aún. Habiendo leído con evidente asombro la carta incluida en el paquete, declaró inmediatamente que era una falsificación. Ni tal carta, ni tales muestras habían sido enviadas por la casa; no se trataba, tampoco, de una variedad nueva de bombones de licor. Los bombones fatales eran de un tipo usual.
Desenvolviendo y examinando uno, el gerente llamó la atención del inspector hacia una señal en el lado inferior, que podía ser la huella de un agujerito taladrado en la cubierta y por el cual se había extraído el licor e introducido el letal relleno, tapando luego el agujero con chocolate ablandado; la operación era simple.
El inspector examinó con la lupa el bombón y confirmó la hipótesis. Era evidente que alguien había tratado de asesinar a Sir William Anstruther.
Scotland Yard redobló sus actividades. Los bombones fueron analizados, Sir William fue interrogado de nuevo, y lo fue también el ya consciente Beresford. El médico insistió en que la noticia de la muerte de su esposa no debía comunicarse a Beresford hasta el día siguiente.
No pudo Sir William arrojar ninguna luz sobre el misterio o indicar una sola persona que pudiera tener alguna razón para asesinarlo. Vivía separado de su mujer, que era la principal beneficiaria en su testamento; ella estaba en el sur de Francia, como la policía francesa lo confirmó enseguida.
El análisis evidenció uno o dos hechos interesantes. No era aceite de almendras amargas, sino nitrobencina, sustancia afín, usada principalmente en la manufactura de tinturas, lo que se empleó como veneno. Cada bombón de la camada superior tenía exactamente seis gotas del tóxico, en una mezcla de kirsch y marrasquino. Los bombones de las otras camadas eran inofensivos.
En cuanto a las otras claves, parecían igualmente inútiles. La hoja de papel de carta de la casa Mason fue identificada por la casa impresora Werton, como trabajo suyo; pero se ignoraba cómo había llegado a manos del criminal. Todo lo que podía decirse era que, por tener los bordes muy amarillentos, debía de ser una hoja vieja. Ningún indicio permitió identificar la máquina de escribir que se usó para la carta del papel de envolver en que venía la caja —de calidad ordinaria, con la dirección de Sir William escrita a mano, con letras de imprenta en grandes mayúsculas—, no se deducía sino que el paquete había sido entregado al correo en la oficina de Southampton Street, entre las ocho y media y las nueve y media, la noche anterior.
—Y ahora usted sabe tanto como nosotros, señor Sheringham —concluyó el inspector jefe Moresby—; si usted me dice quién envió esos bombones a Sir William, usted sabe mucho más.
Roger asintió con la cabeza pensativo.
—Es un caso brutal. Ayer encontré a un caballero que estuvo en el colegio con Beresford. No lo conocía mucho, porque mi amigo era de los clásicos, y Beresford de la sección moderna. Dice que Beresford quedó absolutamente hundido por la muerte de su mujer. Ojalá que usted encuentre a quien mandó esos bombones, Moresby.
—No querría otra cosa —dijo Moresby sombríamente.
—Puede ser cualquier persona en el mundo —caviló Roger—. Y, por ejemplo, ¿qué me dice de los celos femeninos? La vida íntima de Sir William no parece inmaculada. Creo que hay mucho de: fuera lo viejo y viva lo nuevo en sus amoríos.
—Hombre, pues es justamente lo que estuve averiguando —repuso el inspector jefe Moresby, con reproche—. Eso fue lo primero que se me ocurrió. Si algo es evidente, es que éste es un crimen de mujer. Sólo una mujer enviaría bombones envenenados a un hombre. Otro hombre pensaría en whisky, o cigarros, o algo así.
—Es un punto de vista sano. Muy sano, por cierto. ¿Sir William no puede ayudar?
—No pudo —dijo Moresby, no sin un dejo de resentimiento— o no quiso. Yo me inclinaba a creer al principio que tendría sus sospechas y estaba escudando a alguna mujer. Ya no pienso así.
—Hum… —Roger no pareció muy seguro—. ¿No es éste un caso de reminiscencia imitativa? ¿No mandó una vez algún loco bombones envenenados al jefe de policía? Un crimen se imita, como usted sabe.
Moresby se iluminó.
—Me hace gracia que usted lo diga, señor Sheringham, pues es la misma conclusión a que llegué. Probé toda otra teoría posible, y, a lo que sé, no hay un alma que pueda tener interés en la vida de Sir William, ya sea por motivos de lucro, venganza o lo que usted quiera, que no haya debido tachar del asunto. En realidad, casi decidí que la persona que mandó eso fue alguna loca, fanática religiosa o social, que probablemente nunca vio a Sir William. Si fuera así —Moresby suspiró—, tengo pocas esperanzas de atraparla.
—Si no interviene el azar, como a menudo sucede —dijo Roger, con ánimo—. Muchos casos se resuelven por un golpe de suerte. El azar vengador sería un excelente título para un film.
Para ser exactos, hay que decir que Roger se inclinaba a admitir la conclusión del inspector: la tentativa de quitar la vida a Sir William Anstruther y el efectivo asesinato de la infortunada señora Beresford debían de ser la obra de algún loco desconocido.
Una semana después, en un encuentro ocasional, el azar determinó que su interés en este asunto pasara de lo académico a lo personal.
Roger estaba en Bold Street, preparado para la deprimente ordalía de comprar un sombrero nuevo. De repente, a lo largo de la calle, vio que la señora Verreker-le-Flemming se le venía encima. Se trataba de una dama pequeñita, exquisita, rica y viuda, que se sentaba a los pies de Roger, cada vez que éste le daba una oportunidad. Ahora habló. Habló y habló. Y Roger, que prefería hablar él mismo, no podía soportarlo.
—¡Oh!, señor Sheringham, cuénteme. En confianza, ¿usted se encargará de este horrible asunto de la muerte de Juana Beresford? Quedé horrorizada, cuando lo supe. Sencillamente horrorizada. Usted sabe, Juana y yo éramos íntimas amigas. Íntimas. Y la cosa tremenda, la cosa en verdad terrible, es que la pobre Juana fue la propia causante de su desgracia. ¿Esto no es abrumador?
Roger ya no trató de escaparse.
—Supongo que es lo que llaman ironía trágica —siguió hablando la señora Verreker-le-Flemming—. Ciertamente fue trágico y nunca oí ironía tan espantosa. Usted sabe la apuesta que hizo con su marido; él tuvo que conseguirle una caja de bombones, y a no ser por eso Sir William no le habría dado los bombones envenenados y se los habría comido él, y adiós. Bueno, señor Sheringham —la señora Verreker-le-Flemming bajó la voz hasta un susurro conspirador, y miró alrededor, en el modo clásico—. Nunca le dije esto a nadie, pero se lo digo a usted, porque sé que lo apreciará: Juana no hacía juego leal. Había visto el drama antes. Fuimos juntas en la primera semana que lo dieron. Ella sabía quién era el culpable.
—¡Santo cielo! —Roger se impresionó tanto como podía desearlo la señora Verreker-le-Flemming—. ¡El azar vengador! ¡Ninguno de nosotros queda inmune de él!
—¿Justicia poética, quiere decir? —gorjeó ella, para quien esas observaciones eran algo oscuras—. Sí, ¡pero Juana Beresford! Esto es lo extraordinario. Nunca hubiera creído yo que Juana fuera capaz de algo así. Era una muchacha tan recta. Poco liberal con el dinero, por supuesto, considerando lo mucho que tenía; pero eso no importa. Claro que sólo fue una broma con su marido; pero yo siempre creía que Juana era una muchacha tan seria, señor Sheringham. Quiero decir: no todo el mundo habla siempre de honor, y de verdad, y hacer juego limpio, y todas las cosas que uno da por admitidas. Pero Juana hablaba. Continuamente decía que tal cosa no era honorable, no era honesta o no era leal. Bueno, ella misma pagó por no jugar lealmente, ¿no es así? Todo demuestra la verdad del viejo dicho.
—¿Qué viejo dicho? —dijo Roger, hipnotizado por ese torrente de palabras.
—Pues que el agua quieta corre hondo. Juana debe haber sido honda, me temo
—suspiró la señora Verreker-le-Flemming—. Es un error social ser hondo, evidentemente. Quiero decir que me engañaba, sin duda. No podía ser tan honorable y sincera, como pretendía, ¿no es verdad? Y no puedo dejar de pensar que una muchacha que engañaba a su marido en una cosita así no dejaría (¡bueno, no quiero decir nada contra la pobre Juana, ahora que está muerta, pobre alma querida!), pero no puede haber sido tan completamente una santa de yeso, después de todo, ¿no es verdad? Quiero decir —dijo la señora Verreker-le-Flemming, agotando de prisa sus insinuaciones— que la psicología me parece tan interesante. ¿No cree usted, señor Sheringham?
—Algunas veces lo es —asintió Roger, gravemente—. Pero usted mencionó a Sir William Anstruther hace un momento. ¿Lo conoce también a él?
—Solía tratarlo —replicó la señora Verreker-le-Flemming, sin especial interés—. ¡Hombre horrible! ¡Siempre corriendo tras una u otra mujer! Cuando se cansa, la larga. A lo menos —añadió la señora Verreker-le-Flemming con cierta prisa— es lo que me han dicho.
—¿Y qué sucede si ella rehúsa que la larguen?
—¡Oh, no lo sé! Supongo que usted oyó lo último.
Roger estaba siguiendo otro orden de ideas.
—¡Qué lástima que usted no estuvo con los Beresford en el Imperial, aquella noche! No habría hecho nunca esa apuesta si usted hubiera estado. Supongo que usted no estaba, ¿no?
Roger parecía muy inocente.
—¿Yo? —interrogó la señora Verreker-le-Flemming, sorprendida—. ¡Dios mío, no! Estaba en la nueva revista, en el Pabellón. Lady Gavelstake tenía un palco y me pidió que me agregara al grupo.
Roger mantuvo resueltamente el resto de la conversación en el tema teatral. Antes de dejar a su amiga, le preguntó si tenía fotografías de Juana Beresford y de Sir William. La señora le prometió prestárselas. En cuanto la dejó, llamó un taxi y dio la dirección de la señora Verreker-le-Flemming. Pensó que era mejor aprovechar la promesa mientras ella no se cobraba con otra charla.
A la mucama no le pareció extraña su misión y lo llevó en seguida a la sala de recibo. Un ángulo de la sala estaba dedicado a las fotografías, en marco de plata, de los amigos de la señora Verreker-le-Flemming; había muchas. Roger las examinó con interés y, finalmente, se llevó no dos sino seis fotografías de Sir William, de la señora Beresford, de dos hombres desconocidos que parecían de la época de Sir William y, por fin, una de la misma señora Verreker-le-Flemming. A Roger le gustaba embrollar sus pistas.
El resto del día estuvo muy ocupado.
Visitó una biblioteca pública, y revisó una obra de consulta; después tomó un taxi y se hizo llevar a las oficinas de la compañía Anglo Oriental de Perfumería, donde preguntó por un señor José Lea Hardwick y pareció muy desconcertado al oír que ese caballero ni era conocido de la casa, ni empleado en ninguna de las sucursales.
Luego se hizo llevar a la casa de Weall y Wilson, la conocida institución que protege los intereses comerciales de particulares y aconseja a sus suscriptores en las inversiones. Aquí se enroló como suscriptor y, explicando que tenía una suma considerable para invertir, llenó uno de los formularios de pedidos de informes, con el encabezamiento de Estrictamente Confidencial.
Luego fue al Club Arco Iris, en Picadilly. Se presentó al portero, como agente de Scotland Yard, y le hizo una serie de preguntas más o menos triviales, relacionadas con la tragedia.
—¿Sir William, creo, no cenó aquí la noche antes? —dijo, finalmente, como al pasar. Roger se equivocaba. Sir William había cenado en el club, como lo hacía unas tres veces por semana.
—¿Pero yo había entendido que no estuvo aquí esa noche? —dijo Roger, lamentándose.
El portero insistió. Recordaba claramente. Así también un mozo de restaurante, que el portero llamó a corroborar.
Sir William había cenado tarde y no había dejado el comedor hasta las nueve, más o menos. Había pasado unas horas allí; el mismo mozo le había servido un whisky y soda en el salón, más tarde.
Roger se retiró. Fue a la papelería Werton.
Buscaba algún nuevo papel de carta, impreso, de una clase muy especial, y a la joven, en el mostrador, le especificó, con prolijidad de detalles aburridos, exactamente lo que quería.
La joven le entregó el libro de muestras y le preguntó si algún estilo de esos le convenía. Roger lo ojeó, observando, gárrulo, que un amigo del que, por casualidad, tenía consigo una foto, le había recomendado la casa Werton.
—Hace unos quince días, creo, mi amigo estuvo aquí la última vez —dijo Roger, sacando la foto—. ¿Lo reconoce?
La joven tomó la foto, sin interés aparente.
—¡Oh, sí recuerdo! Era también por papel de carta, me parece. ¿Así que ése es su amigo? Bueno, éste es un mundo chico. En este renglón vendemos mucho ahora.
Roger volvió a su departamento, a cenar. Luego, inquieto, salió a vagar y llegó a Picadilly. Erró por la plaza, pensando activamente; se detuvo para observar fotografías de la nueva revista en el Pabellón. Se había alejado hasta Jermyn y estaba parado en la entrada del teatro Imperial. Miró los anuncios de La calavera crujiente y vio que empezaba a las ocho y media. En su reloj vio que era veintinueve minutos más tarde. Tenía que emplear la noche de algún modo. Entró.
La mañana siguiente, muy temprano para Roger, visitó a Moresby, en Scotland Yard.
—Moresby —dijo sin preámbulo—, necesito que usted haga algo para mí. ¿Puede encontrarme un chófer de taxi que tomó viaje desde Picadilly Circus o sus cercanías, a las nueve y diez, más o menos, la noche antes del crimen, hasta el Strand, por el final, más o menos, de Southampton Street, y otro chófer que tomó viaje de retorno entre esos puntos?
El resto del día lo pasó buscando una máquina de escribir de ocasión. Exigía una Hamilton número 4. Cuando los vendedores trataban de inducirlo a considerar otras marcas, rehusaba mirarlas, diciendo que un amigo le había recomendado tanto la Hamilton número 4, y que había comprado una hacía tres semanas, más o menos. Quizá la había comprado en este mismo negocio, ¿no? ¿No habían vendido una Hamilton número 4 en los tres últimos meses? ¡Qué raro!
Pero en un negocio habían vendido una Hamilton número 4, dentro del mes último: eso era más raro aún.
A las cuatro y media, Roger volvió a su departamento, para esperar la comunicación de Moresby. A las cinco y media llamó el teléfono.
—Hay catorce chóferes aquí, ensuciando el piso de mi oficina —dijo Moresby con grosería—. ¿Qué debo hacer con ellos?
—Guárdelos hasta que yo llegue —replicó Roger, con dignidad.
La entrevista con los catorce chóferes fue bastante breve, sin embargo. A cada hombre, por turno, Roger le mostró una foto, teniéndola de modo que Moresby no pudiera verla, y preguntaba si reconocía a su pasajero. Sin vacilar, el noveno afirmó que sí.
A una seña de Roger, Moresby los despidió y luego se sentó en su mesa y trató de parecer importante. Roger se sentó sobre la mesa, con aire nada oficial y balanceó sus piernas. Mientras lo hacía, una foto cayó sin ser notada del bolsillo al suelo, con la cara para abajo, bajo la mesa. Moresby la vio pero no la alzó.
—Y ahora, señor Sheringham —dijo—, quizá quiera contarme lo que ha estado haciendo.
—Por cierto, Moresby —dijo Roger, con blandura—. Realmente resolví la cosa, ¿sabe? Aquí está la prueba. —Sacó de su cartera una vieja carta y la dio al inspector jefe.
—¿Esto fue escrito con la misma máquina que la apócrifa carta de Mason, o no?
Moresby la estudió un momento, luego sacó la carta falsificada de una gaveta y comparó las dos minuciosamente.
—Señor Sheringham —dijo sobriamente—, ¿dónde consiguó esto?
—En un negocio de máquinas de ocasión en St. Martin’s Lane. La máquina se vendió a un cliente desconocido, hace un mes. Identificaron al cliente por esa misma foto. Luego de reparada usaron la máquina en la oficina, por un tiempo, para venderla en perfecto orden; me fue fácil obtener una muestra de su trabajo.
—¡Hum! Hasta ahora muy bien —concedió Moresby—. Pero, ¿y el papel de Mason?
—Eso —dijo Roger— se extrajo del muestrario de Werton, de papeles de carta. Adiviné que de ahí provenía por los bordes tan amarillentos. Puedo probar el contacto del criminal con el libro de muestras: falta una hoja que, ciertamente, resultará ser la de la carta.
—Muy bien —dijo Moresby, más cordial.
—En cuanto al chófer del taxi, el criminal tenía una coartada. Usted oyó cómo la destruí. Entre las nueve y diez y las nueve y veinticinco, mientras el paquete era entregado al correo, el asesino se dirigió apresuradamente a esa vecindad, quizá por ómnibus o por subterráneo; volvió en taxi, porque se le hacía tarde.
—¿Y el asesino, señor Sheringham?
—La persona cuya fotografía está en mi bolsillo —dijo, sin bondad, Roger
—¿Quién fue el asesino, pues, señor Sheringham? —repitió Moresby.
—Estaba tan bien planeado… —siguió Roger, como soñando—. Nunca se nos ocurrió que cometíamos el error fundamental que el criminal quería que cometiéramos.
—¿Cuál era ese error? —preguntó Moresby.
—Que el plan había fracasado. Que una persona imprevista había sido muerta. Esto era la belleza del plan. El plan no fracasó. Tuvo un éxito brillante. No fue una persona imprevista la que murió; fue la señalada.
Moresby abrió la boca.
—Pero, ¿cómo ha averiguado eso?
—Desde el principio la señora Beresford fue la presa. Por eso es tan ingenioso el enredo. Todo fue previsto. Era perfectamente natural que Sir William pasara los bombones a Beresford. Fue previsto que buscáramos al criminal entre los asociados de Sir William y no de la muerta. Quizá fue también previsto que el crimen se considerara como obra de una mujer.
Moresby, incapaz de esperar más, levantó la fotografía del suelo.
—¡Santos cielos! Señor Sheringham, ¡usted no quiere insinuar que… el mismo Sir William!
—Quería librarse de la señora. No hay duda de que al principio ella le gustó bastante, aunque siempre fue su dinero lo que él persiguió —continuó Roger—. Pero ella cuidaba demasiado su dinero. Él lo necesitaba, de cualquier modo; ella no cedía. Éste es el móvil; no hay duda. Hice una lista de las firmas en que él tiene intereses y obtuve un informe sobre ellas. Todas están en mala situación. Ya había acabado con su propio dinero y tenía que conseguir más. En cuanto a la nitrobencina, que tanto nos intrigó, es muy sencillo. Yo busqué y hallé que, además de las aplicaciones que usted me dijo, se usa ampliamente en perfumería. Él tiene negocios de perfumería: la Compañía Anglo Oriental. Por eso sabía que es tóxica. Pero no creo que se proveyera ahí. No es tan tonto. Quizá fabricó la sustancia él mismo. Cualquier chico de escuela sabe cómo tratar el benzol con ácido nítrico para obtener nitrobencina.
—Pero —tartamudeó Moresby— Sir William… estuvo en Eton, que es clásico…
—¿Sir William? —dijo Roger cortante—. ¿Quién habla de Sir William? Le dije que la fotografía del criminal estaba en mi bolsillo. —Sacó de un tirón la fotografía y la exhibió al aterrado inspector: —¡Beresford, hombre! ¡Beresford es el asesino de su propia esposa! ¡Beresford, que aún tenía anhelos de una vida más alegre —siguió más suavemente—, no quería a su esposa, sino el dinero! Concibió el plan, previendo toda posible contingencia. Llevando a su mujer al Imperial estableció una coartada fácil, por si alguna vez se sospechara; en el primer intervalo se deslizó fuera del teatro. (Estuve aguantando el primer acto de la horrible pieza, para saber cuándo venía el entreacto.) Luego fue hasta el Strand, dio al correo su paquete y volvió en taxímetro. Tenía diez minutos pero nadie notaría si llegaba al palco un minuto más tarde. El resto es simple —continuó—. Sabía que Sir William iba al club todas las mañanas, a las diez y media, con la regularidad de un reloj; sabía, por certidumbre psicológica, que conseguiría que Sir William le cediera los bombones, si él se lo sugería; sabía que la policía se pondría a la caza de toda clase de falsas pistas, partiendo de Sir William. En cuanto al papel de envoltura y la carta falsificada por él, no las destruyó, pues calculaba alejar la sospecha, dirigirla hacia algún loco anónimo.
—Bueno, es usted muy ingenioso, señor Sheringham —dijo Moresby, con un leve suspiro, pero sin ningún rencor—. Muy ingenioso. ¿Qué le dijo esa dama que le reveló todo en un relámpago?
—No fue tanto lo que me dijo, como lo que oí entre sus palabras. Lo que me contó es que la señora Beresford sabía la solución en esa apuesta; lo que deduje es que, siendo la clase de persona que era, era increíble que hubiera apostado algo sabiendo la solución del enigma. Ergo, no apostó. Ero, no hubo tal apuesta. Ergo, Beresford mintió. Ergo, Beresford quiso conseguir esos bombones por otra razón que la expresada por él. Por supuesto que él no habría dejado a su mujer aquella tarde hasta no haberla visto comer, o de algún modo obligarla a comer, por lo menos seis bombones, dosis más que mortal. Por eso estaba el tóxico en esas dosis meticulosas de seis gotas. Él podría comer un par de ellos, por supuesto. Un golpe maestro.
—Bueno, señor Sheringham, estoy muy agradecido. —Se rascó la cabeza. —El azar vengador, ¿eh? Bueno, le aseguro que hay algo bastante grande que Beresford dejó al azar vengador, señor Sheringham. Suponga que Sir William no le cediera los bombones. Suponga que se los hubiera guardado para él o que se los hubiera dado a una de sus amigas.
Positivamente, Roger mugió. Sentía ya una especie de orgullo personal por Beresford.
—No hubiera tenido ninguna consecuencia que Sir William obrara así. Déle crédito a mi hombre. ¿Usted cree que mandó los bombones envenenados a Sir William? Le mandó bombones inofensivos y yendo a su casa, los cambió por los otros. ¡Qué diablos! No iba desviarse de su propósito para dar ocasiones al azar.
Y Roger añadió:
—Si azar es, realmente, la palabra.

9 comentarios:

  1. y con tus palabas de que s etrata

    ResponderEliminar
  2. por qe sir william recibe una caja de bombones .. no entendi

    ResponderEliminar
  3. El señor Beresford planeo todo y por eso el SrWilliam recibió la caja con bombones

    ResponderEliminar
  4. Muy bueno, me encanto :3

    ResponderEliminar
  5. Yo necesito hacer unas preguntas que me dieron en clase.. son para entregarlas hoy y no pude hacerlas me ayudan?

    ¿que motiva a Roger Sheringhnam a investigar el caso?
    ¿que pistas sigue el detective?
    ¿como resuelve el caso?

    Por Favor me pueden ayudar?
    Gracias.

    ResponderEliminar
  6. quienes sos los sospechosos o.0 ??????

    ResponderEliminar
  7. quienes son los peronajes ?

    ResponderEliminar
  8. Este blog no está destinado para hacer la tarea a nadie. Agradezco su confianza, pero no es mi idea pensar por nadie. Lean el texto y piensen.

    ResponderEliminar