miércoles, 27 de mayo de 2009

El robot (Rodolfo Martínez)

I

Hacía varios días que nadie se dignaba venir por mi despacho. Ni el más aburrido cliente con el más estúpido, chabacano y facilón de los casos había aparecido por allí y yo empezaba a aburrirme. No es que el dinero me hiciera verdadera falta: tenía ahorrado lo suficiente como para tirar una temporada de asuntos anteriores, sobre todo del caso de la Abadía, y el llegar a fin de mes no era algo que me llegase a preocupar demasiado. Pero me aburría. Estar allí sentado, sin nada mejor que hacer que sonreírle de forma estúpida al holograma de Neoyorquia de la pared no era precisamente la idea que yo tenía respecto a la diversión.
Por eso cuando escuché el tintineo metálico que anunciaba que alguien acababa de entrar en la sala de espera no pude evitar que mi vista se alzara al cielo en un gesto mudo de agradecimiento. Una estupidez, lo sé. Poco después, alguien llamaba a mi puerta y, después del lacónico pase con el que respondí, entraba en mi despacho.
Era el padre Ors Beles, General de la Orden Soyatu, y no tuve problemas en reconocerle a pesar de sus ropas seglares; era difícil para un hombre como él pasar desapercibido, se vistiera como se vistiera: un cuerpo enorme, una barba castaña y poblada, un ceño eterno que acentuaba la dureza de sus facciones y el tono de voz más amable y comedido que uno pudiera imaginar. Hacía poco más de un año que no le veía, desde que me ayudara a salir de apuros en Candalo, un pueblo cercano a Drimar al que habíamos ido juntos y donde me había visto involucrado en una cadena de asesinatos que habían empezado con el de su sobrina. No era un mal tipo (para ser un soyatu, solía añadir yo precavidamente) y me había hecho varios favores que, hasta ahora, jamás había intentado cobrar. Al verle, no pude evitar el pensamiento de que había llegado la hora del pago. En cierta forma, no me equivocaba.
En efecto, tras los saludos preliminares y el mínimo de conversación intrascendente que su cortesía le permitía, Beles pasó enseguida al meollo del asunto.
-He venido a pedirle un favor -dijo. Traté de adoptar un actitud inexpresiva, pero no debí conseguirlo del todo-. No se preocupe -añadió, intentando sonreír y estando casi a punto de lograrlo, no le vamos a pedir el alma ni una fibra de su carne en una bandeja de plata. En realidad, lo que quiero es contratar sus servicios. Y, por supuesto, se le pagará por ellos.
-Ya -dije precavidamente-. ¿Y cuál es el asunto?
Beles trató de acomodar su cuerpo en el espacio minúsculo de la silla y, tras unos momentos de duda, dijo:
-¿Ha oído hablar de las Leyes Asimov?
-Claro, quién no. No se habla de otra cosa estos días.
-Entonces también habrá oído hablar de las investigaciones de la Corporación Cibernética, propiedad de la Orden.
-Sí. Intentaban crear una inteligencia artificial que se ajustase a las Leyes Asimov.
-Hicieron algo más que intentarlo, señor Córdal. Lo han conseguido.
Por unos instantes no supe qué decir. Me parecía estupendo que los de la CC hubieran obtenido un robot con las tan cacareadas tres leyes, pero no veía qué relación podía tener aquello conmigo.
-Por supuesto, no es algo que se haya desarrollado de forma repentina. A pesar de lo que la mayoría de la gente piensa al respecto, los avances tecnológicos solo surgen después de muchas pruebas y fracasos, después de años de frustraciones y tanteos. Llevamos bastante tiempo investigando en esa dirección y ya habíamos creado varios prototipos -no pude evitar una sonrisa ante su pomposo habíamos, como si él personalmente hubiera intervenido en el proceso-, sin embargo, no hemos tenido verdadero éxito hasta ahora. RLA-33, como se denomina al prototipo, ha superado ampliamente las expectativas de los técnicos.
-Ya veo.
-Naturalmente, el producto es susceptible de mejoras. Su conformación física es quizá algo primitiva, incluso un tanto aparatosa, tal vez. Pero no cabe duda de que es un primer paso importante.
-Desde luego.
-Bien. Pero el asunto es que necesitamos probarlo, y no hablo de un laboratorio, sino aquí, en el mundo real, en situaciones que sus diseñadores no hayan podido prever. No sé si me entiende.
-Creo que sí.
-Así que queremos que usted lo pruebe.
-¿Yo? Pero... no sé... quiero decir, mis conocimientos de robótica...
-Son nulos. Ya. Lo imagino. Pero eso no importa. Es incluso deseable. Lo que querríamos es que lo tuviera en su despacho con usted, que lo utilizara como... como recepcionista, podríamos decir. Simplemente eso. El robot grabará todo cuanto vea y oiga, incluidas sus propias reacciones; y de su enfrentamiento con las distintas personas que vengan por aquí podremos extraer importantes conocimientos para el desarrollo de futuros modelos.
-A ver si lo he entendido. Quiere que tenga aquí el robot para abrir la puerta, recoger los sombreros y servir unos refrescos. ¿Es eso?
-Exactamente. Quede claro que se le compensará por ello. Incluso, si se diera el caso de la pérdida de algún cliente a causa de la presencia del robot, sería adecuadamente indemnizado. ¿Qué me dice?
-Yo... De acuerdo, acepto.
Poco después, y tras un nuevo y breve intercambio de frases superfluas, Beles se fue. Durante lo que había durado nuestra entrevista, mi rostro se había mantenido impasible, sin revelar ni por un momento lo que realmente pensaba o sentía. Imagínense que son ustedes aficionados a la literatura de ciencia ficción del siglo XX, que se han leído todas las historias de robots de Asimov; de pronto alguien les viene con una proposición como la de Beles. ¿Cómo se sentirían? Ajá, exactamente así me sentía yo.

II

Llevaba un par de semanas con RLA-33 (las letras indicaban su nomenclatura: Robot con las Leyes Asimov, y el número hacía referencia al prototipo), y no podía evitarlo, estaba entusiasmado. Las reacciones de los clientes que había tenido durante aquel tiempo habían sido para todos los gustos: hubo alguno que dio media vuelta y echó a correr hacia los ascensores gritando no sé qué sobre monstruos y balbuceando la palabra Golem. Otros sonrieron divertidos e incrédulos y afirmaron encontrar el detalle muy chic, muy a la última, realmente pos, amigo, lo más pos que he visto en toda mi vida. Recuerdo uno (un tipo delgado con aspecto de no haber comido en años) que afirmó que con aquello estaba contribuyendo a la destrucción del planeta y del propio hombre y no me atizó de puro milagro, a pesar de la ostentosa chapa en su solapa que proclamaba en anglo antiguo: Give peace a chance. La mayoría, sin embargo (y aquello me intrigó) apenas le prestaron atención, como si fuera una parte más del mobiliario, otra silla, o quizá un carrito para las bebidas.
Los individuos de la Corporación que lo trajeron a mi despacho me dijeron que podía llamarle Ralo, y de esa forma me dirigía a él. Su aspecto, como Beles me había advertido, era bastante tosco: podía haber salido de cualquiera de aquellas películas de serie B del siglo XX: Planeta prohibido, o quizá Ultimatum a la Tierra. Su parecido a un ser humano era puramente funcional y no había en él rasgos que pudieran recordar a los del hombre. Pero, por otra parte, un robot era un robot, y no tenía por qué parecerse a un ser humano. Tenía una voz suave, sintetizada de forma muy convincente, en un tono eterno de amabilidad y calma que, a algunos de mis clientes que quisieron hablarle, les puso frenéticos.
A mí, sin embargo, me encantaba. A pesar de su apariencia claramente metálica y tosca, yo me sentía como el Lije Baley de aquellas novelas de Asimov siempre acompañado por el fiel y humaniforme R. Daneel Olivaw. Me gustaba realmente hablar con él. Nunca levantaba la voz, jamás discutía de forma acalorada y sostenía sus... opiniones (si se las puede llamar así) con una lógica suave y pausada, nunca agresiva. Otra de las cosas que me fascinaban de él era que tenía grabados en sus ficheros auxiliares todos los cuentos de robots que Asimov escribiera. Al parecer, los de la Corporación habían juzgado conveniente (no sé exactamente por qué, aunque me lo explicaron en una jerga ininteligible de la que apenas capté un par de palabras) que Ralo conociera sus antecedentes literarios. Muchas de nuestras conversaciones (de noche, en el despacho, con las luces apagadas y sus ojos multifacetados brillando en la oscuridad) giraban en torno a esas historias.
Por ejemplo, yo le decía:
-¿Qué habrías hecho de estar en la situación de RB-34? -me refería a un robot que había adquirido propiedades telepáticas y a causa de ellas se había visto en un dilema lógico: si decía la verdad causaba daño a un ser humano, algo que la Primera Ley prohibía; si mentía también lo causaba. El robot no tenía forma alguna de enfrentarse al dilema y su mente quedó convertida en un trozo humeante de chatarra.
-Bien, señor Córdal -siempre se dirigía a mí de esa forma, por más que lo intenté no conseguí nunca que me llamara Roy-, es una cuestión interesante, sin duda. Sin embargo la respuesta es obvia: fingiría carecer de poderes telepáticos para no verme sometido a tal dilema.
-Eso sería mentir.
-No exactamente. En ningún momento deformaría la verdad, me limitaría a no hacerla visible. Sin embargo, aun en el caso de que mintiera, la Primera Ley me obligaría a ello para no causar un daño innecesario a los seres humanos.
-De acuerdo, pero suponte que a pesar de todo logran colocarte en una situación en la que, hagas lo que hagas, causarás daño.
-Bueno. Es obvio que RB-34 era un modelo más bien primitivo. La solución evidente es que optaría por el menor de los males en mi consideración. Desde luego, no habría bloqueo mental.
Trataba a veces de ponerlo en situaciones hipotéticas en las que tuviera que transgredir alguna de las Leyes Asimov. Intentaba obligar a que desobedeciera la orden de un ser humano, contraviniendo así la Segunda Ley pero sólo se avenía a ello en caso de que fuera necesario para no causar daño a un hombre, a lo que le obligaba la Primera Ley. Otras veces, intentaba que se protegiera ante un ataque, de acuerdo a lo que dictaba la Tercera Ley, pero si este ataque provenía de un hombre, su "instinto" de preservación cedía siempre a causa del mayor potencial de las primeras dos leyes. Esto último, sin embargo, había sufrido una sutil alteración con respecto a como eran los robots asimovianos. Un humano podía darle a Ralo cualquier orden y este la cumpliría (mientras no afectase a la Primera Ley) a menos que esta implicara que el robot se causara daño a sí mismo. Evidentemente, los de la CC no iban a perder los millones que habían invertido en Ralo sólo porque algún gracioso le ordenase tirarse por la ventana.
Otras veces hablábamos de cómo las tres leyes le afectaban internamente. Qué "sentía" (si se puede aplicar tal palabra) al cumplirlas o al intentar transgredirlas.
-Eso es absurdo -me decía-. Ni siquiera el pensamiento de la transgresión está permitido. Eso supondría un bloqueo mental completo e irreversible. En realidad es muy simple. Mi cerebro, o si lo prefiere, mi unidad procesadora, no ha sido diseñada para ir contra las leyes, de la misma forma que sus pulmones no lo han sido para procesar el agua y extraer el oxígeno disuelto en ella. Como he dicho, es simple.
-Sí, pero, ¿no te gustaría no estar sometido a ellas, ser libre?
-Me temo que traslada usted conceptos humanos a terrenos donde no son aplicables. Nada me puede gustar ni disgustar. No siento deseos. Tengo un programa interno y me atengo a las instrucciones que este me dicta. Imagino que si mi programa me dictase que fuera libre podría serio. La verdad es que es algo que escapa a mi comprensión.
-¿Y si hubiera alguna forma de transgredir las Leyes, algo en lo que tus diseñadores no hubieran reparado?
-No la hay, señor Córdal, créame.
-¿No? ¿Estás seguro? ¿Recuerdas el relato de Asimov "Para que vos cuidéis de él"?
-Sí, lo recuerdo muy bien -cómo podría ser de otra forma, pensé-. Y he de decir que considero que, desde el punto de vista meramente cibernética, tal historia es un fracaso. Su solución no es válida.
-Tal vez a ti no te parezca válida a causa de tu programación.
-Tal vez. Sin embargo yo no puedo escapar a mi programación. Eso es un hecho. Por lo tanto, debo seguir afirmando que la solución no es válida.
-¿Seguro? ¿Y si tu vida fuese amenazada? ¿No cambiaría entonces tu opinión?
-Señor, Córdal, mi opinión, como usted dice, sólo puede ser cambiada reprogramándome. Y

desde luego, yo no puedo hacerlo. Ha de ser un programador quien lo haga. En realidad no soy muy distinto a un libro. Una vez escrito, este no puede cambiarse a no ser que alguien lo reescriba o lo corrija. Yo soy lo que otros han escrito, si me permite la expresión, y solo esos otros pueden cambiarme, reescribirme. Yo no.

III

Ralo estuvo conmigo algo más de dos meses. Luego, los tipos de la Corporación que lo habían traído volvieron a llevárselo al laboratorio. No esperaba tener más noticias de ellos, aparte del cheque que un par de días más tarde ingresaron en mi cuenta, pero apenas una semana después la puerta de mi despacho volvió a abrirse y el padre Beles entró de nuevo por ella.
-Señor Córdal -dijo casi antes de que hubiera tenido tiempo de entrar-. Sus servicios son de nuevo necesarios.
-¿Qué ocurre?
-Se ha cometido un asesinato. En la Corporación. Y todas la evidencias apuntan a que solo pudo haberlo cometido el robot.
-¿Ralo? Pero eso es...
-¿Imposible? Tal vez. Pero así ha sido. Créame, estoy tan perplejo como usted mismo, pero sólo el robot pudo haberle matado, nadie más tuvo la oportunidad. Nadie más.

IV

No lo podía evitar: el edificio de la Corporación Cibernética siempre me recordaría al de la Tyrell Corporation de Blade Runner. Era un mastodóntico rascacielos con forma de pirámide truncada que sobresalía por encima de los demás edificios de Neoyorquia como Goliat en mitad de un ejército de enanos. Estaba cubierto de un material llamado plastividrio que reflejaba la luz del sol de una manera que hacía imposible mirarlo de frente. Sin embargo, cuando llegamos allá en el reactor particular de Beles (íbamos a posarnos en el puerto del tejado) estaba casi anocheciendo y la luz que reflejaba era escasa. Así y todo no pude menos que sobrecogerme ante aquel monstruo arquitectónico que convertía en meros juguetes a los rascacielos de la isla de Manjatan en el siglo XX, ahora en ruinas.
Aterrizamos en una bruñida y metálica plataforma sobre la que el viento aullaba como una vieja melancólica. Me sujeté el sombrero con la mano mientras, penosamente, avanzábamos hacia la puerta del ascensor, donde una representación de técnicos (eso parecían) nos esperaba. Una vez allí, y franqueado el umbral, la puerta se cerró a nuestras espaldas con un silbido casi inaudible y el aullido del viento murió con apenas un suspiro resignado.
-Señor Córdal -dijo el padre Beles, haciendo las presentaciones-. Estos son los doctores Yorodosky y Sanders. Y este es el señor Alxander Martino, presidente de la Corporación. Estreché las manos que me tendían mientras Beles pulsaba un botón en el tablero del ascensor.
-¿Podrían explicarme cómo ocurrió? -pregunté cuando el ascensor empezaba a descender-. Sólo conozco lo superficial del caso, y quisiera enterarme de los detalles antes de empezar la investigación.
-Bueno -dijo Martino-. Los doctores podrán explicárselo mejor que yo. Ellos dos son quienes diseñaron a RLA-33. Ellos... y la víctima.
-¿Doctores? -inquirí, dirigiéndome a ellos.
-Sí, bien -dijo Yorodosky-. Sanders, Chi-Min y yo somos... éramos los padres de la criatura, por decirlo de algún modo -esbozó una sonrisa triste-. Dígame, señor Córdal, ¿qué sabe de robótica?
-Prácticamente nada, me temo -reconocí-. Soy un entusiasta de la literatura de ciencia ficción del siglo veinte. Lo poco que sé del asunto es a través de ella, de los cuentos de Asimov, sobre todo.
-Buen -dijo Sanders-. Podría ser peor. Espero que resulte suficiente. Verá, quisimos construir un robot inteligente, una maquina al borde mismo de la autoconsciencia, con capacidad para aprender, relacionar lo que aprendía y extraer de ahí sus propias conclusiones. Construimos treinta y dos prototipos antes que RLA-33, y ninguno de ellos era lo que queríamos -en ese momento el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Salimos, mientras Sanders continuaba hablando-. No es que se pudieran considerar como fracasos completos, entiéndanme bien, de cada modelo siempre aprendíamos algo que aplicábamos en el siguiente, y algunos de ellos les habrían parecido logros increíbles a los roboticistas pre Interregno. Pero hasta la construcción de RLA-33 no consideramos que hubiéramos obtenido un verdadero éxito. En realidad, si he de serle sincero, superó nuestras más amplias expectativas. Era realmente inteligente, no sólo lógico, sino inteligente, si comprende lo que quiero decir.
-Dice usted era. ¿Ha sido destruido el robot? -No, en absoluto, señor Córdal, por supuesto que no. Está incomunicado, naturalmente, y bajo vigilancia constante, pero no se le ha causado... eh... daño alguno, si se le puede causar daño a un robot. No, si me refiero a él en pasado es porque, en cierta forma, supuso un fracaso -y más que en cierta forma, pensé yo, si realmente Ralo había matado a un hombre-. Porque, verá, no sólo queríamos construir una máquina racional, queríamos que, con toda su inteligencia, fuera siempre una herramienta al servicio del hombre, siempre guiado y dominado por las Tres Leyes. Pero lo que ha ocurrido... aún no lo entiendo. La implantación de las Leyes era la parte más segura de todo el proceso, lo primero en lo que experimentamos. En los modelos anteriores todos las tenían, las cumplían a la perfección, quizá incluso demasiado perfectamente en ocasiones -sonrió, como recordando algo-. En cierta ocasión, un prototipo (creo que fue RLA-19) no me permitió prepararme un bocadillo en su presencia: tenía miedo de que me cortase con el cuchillo. Aun no puedo comprender cómo ha pasado esto.
-Pero, cuando estuvo conmigo...
-Sí, lo sabemos -intervino Yorodosky-. Hemos estudiado las grabaciones. No había nada anormal en él. Como él mismo le dijo a usted en una ocasión, el cumplimiento de las Leyes era una necesidad en él, como para nosotros respirar, o así debió haber sido. No lo entiendo.
Me encogí de hombros. Tampoco yo lo entendía y, lo que era más, no veía qué iba a poder hacer en todo aquel asunto. Mis conocimientos sobre robots, como les había dicho ya a aquellos individuos, se limitaban al recuerdo de un puñado de cuentos dispersos de ciencia ficción.
-Hemos llegado -dijo Yorodosky-. Aquí está el robot.
Cruzamos una puerta y entramos en una sala donde había un par de guardias de seguridad y un individuo de bata blanca. En la pared se veía un inmenso cristal que daba a otra habitación, donde estaba el robot: de pie, en una esquina, absolutamente inmóvil.
-El cristal está polarizado, supongo -dije.
-Así es, señor Córdal -dijo Sánders-. Nosotros le vemos, pero él a nosotros no. Permítame que le presente al doctor Esmíderson. También está en el proyecto. Es el encargado de los receptores visuales y auditivos de RLA-33.
Estreché la mano que el de la bata blanca me tendía y luego me acerqué al cristal.
-¿Lleva así mucho tiempo?
-¿Sin moverse? Prácticamente desde que le metimos ahí. Si uno le habla responde, y si se le ordena moverse lo hace, pero mientras le dejemos tranquilo, permanecerá inmóvil.
Me aparté de allí y me volví a los doctores.
-Bien. ¿Quieren contarme ahora cómo ocurrió?
-Sí, claro. En realidad no hay mucho que contar, todo fue muy simple y muy rápido. El doctor Chi-Min entró en la habitación donde estaba RLA-33. Es un cuarto que puede ser cerrado herméticamente desde el interior y sólo dando una orden verbal concreta puede abrirse de nuevo, y esa orden debe ser modulada por una garganta humana. En caso contrario la puerta no responde. Además, siempre hay un guardia de seguridad en el exterior, junto a la puerta. No es que creyéramos esto necesario, pero la Orden había insistido en que se extremasen las medidas de seguridad. El doctor Chi-Min estuvo varios minutos dentro. Luego, el robot le atacó. Eso fue todo.
-¿Cómo lo saben?
-No pudo haber sido de otra forma. Sólo el doctor y el prototipo estaban en la habitación. No había nadie más.
-¿No pudo el propio doctor ... ?
-Imposible. Un suicidio queda fuera de cuestión. Tenía el cráneo completamente destrozado. No es algo que pudiera haberse hecho a sí mismo.
-¿Cómo es que no vieron lo que ocurrió? ¿No tienen cámaras?
-Las que vigilaban esa habitación estaban desconectadas. Encontramos las huellas dactilares de Chi-Min en el equipo. Aun no entiendo por qué hizo tal cosa.
Tampoco yo lo entendía.
-Supongo que el guardia de seguridad fue investigado.
-Sí, señor Córdal. Se ha comprobado que Chi-Min entró solo en el cuarto. Una vez dentro, y con la puerta cerrada, nadie podría entrar en él.
-¿Entonces cómo sacaron al robot y el cadáver?
Martino sonrió, nervioso. -Yo di la orden desde el ordenador central, usando mi código de prioridad. Nadie más podría hacerlo -dudó unos instantes-. Tengo coartada para el momento del crimen -añadió, precavidamente.
-Además -intervino Yorodosky-. Cuando RLA-33 fue interrogado se confesó autor del crimen.
-Hmm. Podría mentir, ¿no? Quiero decir, Ralo podía saber que si ustedes cogían al verdadero culpable se le causaría daño. La primera Ley le obligaría a mentir para protegerle.
-Sí, contemplamos esa posibilidad. Pero parece físicamente imposible que nadie más entrara en la habitación. Sólo el robot pudo haberle matado.
-Bueno, entonces está claro, el robot es el asesino. No veo para qué me necesitan.
Ahora fue Beles quien habló.
-En realidad fue idea mía. Verá, señor Córdal, usted convivió con el robot un tiempo relativamente largo, sostuvo con él conversaciones, lo sabemos por las grabaciones, largas y en profundidad. Además, como detective conoce la mentalidad de un criminal mejor que nosotros. Mi
idea era que, si existía alguna posibilidad de que RLA-33 no hubiera cometido el crimen usted la encontrase y en caso contrario nos dijera por qué lo había hecho.
Enarqué las cejas y soplé con fuerza.
-Me ha metido un buen aprieto -dije-. La verdad, no tengo muchas esperanzas de conseguir algo positivo. Mi supuesto conocimiento de la mente criminal se limita a la humana. De todas formas lo intentaré, aunque no puedo prometerles nada.
-Tampoco lo esperamos.
-Bien, entonces, si son tan amables, quiero dos cosas. Primera: hablar con el robot, a solas. Ustedes pueden vigilar desde aquí y si creen que estoy en peligro sacarme de la habitación, o lo que sea. Y en segundo lugar, que alguien me prepare un resumen de los trabajos sobre Ralo: qué habían hecho, qué pensaban hacer, todo eso. Y en un lenguaje lo menos técnico posible, por favor, recuerden que soy un lego en la materia.
-Como desee. Supongo que los doctores pueden prepararle el resumen mientras habla con el robot -dijo Beles.
-Bien. Entonces, vamos allá.

V

Entré en la habitación. Ralo estaba allí, de pie, inmóvil por completo. Nada en él indicó que hubiera notado mi presencia, ni el menor de los gestos, ni un leve volverse de sus ojos brillantes y multifacetados. Como una estatua.
-Hola, Ralo -dije, pasados unos segundos.
-Hola, señor Córdal. Imagino por qué está usted aquí, señor.
-Ya. Y yo imaginaba que lo imaginarías sonreí ante el retruécano-. Bueno, Ralo, espero que me puedas ayudar.
-Temo no poder hacerlo, señor Córdal.
-¿No? No tienes más que decir la verdad.
No hubo respuesta.
-Vamos a ver, Ralo, vayamos por partes. Tú estabas aquí, o en alguna otra habitación similar. El doctor Chi-Min entró en ella y entonces... entonces, ¿qué ocurrió?
-Interrumpí sus funciones vitales. Le maté, si prefiere ese término.
-Es decir, le hiciste daño. Pero la Primera Ley no te permitía hacer daño a un ser humano, ¿no es cierto?
De nuevo el silencio.
-Recuerda nuestras conversaciones en mi despacho. Me contaste que no podías incumplir las leyes, que incluso el menor pensamiento de transgresión estaba castigado con un bloqueo mental absoluto e irreversible. Es así, ¿verdad?
-En efecto.
-Y sin embargo, si lo que dices es cierto, tú has matado, has ido mucho más allá del simple pensamiento de causar daño: lo has causado. No veo que hayas sufrido un bloqueo mental. ¿Lo has sufrido?
-Resulta evidente que no, señor Córdal.
-Sí, evidente, eso me pareció a mí también. Entonces, si no has sufrido bloqueo alguno, tenemos que pensar que no has transgredido la ley y, por tanto, no has matado a Chi-Min. ¿Estoy en lo cierto?
Por tercera vez, mi pregunta no fue respondida.
-Veamos, pensemos un momento. Tú no has incumplido ninguna ley, no eres el asesino. Por tanto el asesino es otro, un ser humano. Tú callas para protegerle, pues sabes que, si averiguásemos quién es, sería castigado. El evitar que hagan daño a un ser humano, aunque sea un asesino, te obliga a mentir, ¿no es así? -no esperé respuesta. ¿Y si te dijera que el asesino no sería castigado? ¿O no crees quizá en mi palabra?
-Creo en ella, señor Córdal. Simplemente no hay tal asesino humano. Yo maté al doctor Chi-Min.
-¿Y por qué? ¿Guardas silencio de nuevo? ¿No comprendes que si no nos explicas tus motives creeremos que mientes para proteger a alguien y le buscaremos? Tal vez nos equivoquemos y el peso de la justicia caiga sobre un hombre inocente. Quizá le condenemos a prisión, o a muerte. ¿Vas a permitir con tu silencio que lo hagamos? Un hombre ya ha sufrido un daño irreversible. ¿Permitirás que se lo causen a otro?
Nada. Era completamente inútil. Simplemente, cuando llegaba a aquel punto, el robot se negaba a contestar. Lo intenté de todas las maneras posibles, apelando a la Primera Ley, a la Segunda, a la Tercera, exprimiéndome el cerebro hasta que ya no pude más. Pero era como darle de puñetazos a una montaña. Cuando llegábamos a un punto de donde podía haber salido algo, Ralo se encerraba en su mutismo de estatua y había que empezar la conversación desde el principio.
-Vamos, Ralo -dije al fin, al borde de la exasperación-. Te ordeno que me digas por qué mataste a Chi-Min. Te estoy dando una orden.
-Lo siento, señor Córdal. Es una orden que me veo imposibilitado de obedecer.
-La segunda ley te obliga a doblegarte a las órdenes de un ser humano. Sólo puedes transgredirla si la Primera Ley se ve afectada. Por tanto, no eres el asesino y estás protegiendo a alguien.
Pero al llegar ahí se cerró otra vez sobre sí mismo y no dijo nada. Permanecí algún tiempo más en la habitación, argumentando con el robot, pero ya sin fuerza alguna. Al final, gastados ya todos mi razonamientos, mis súplicas, mis amenazas, me di por vencido. Por aquel camino no había nada que hacer.
Cogí el sombrero y salí de la habitación.

VI

-No lo ha hecho nada mal, Córdal, yo mismo no hubiera dirigido mejor la conversación con el robot -me dijo Yorodosky cuando entré en la sala donde me esperaban los demás.
Me encogí de hombros. Ser un fanático de la literatura y el cine anteriores al Interregno tenía que servirme para algo, pensaba, aunque me abstuve de comentar nada en voz alta. El tiempo pasaba sin que viera la solución de aquel asunto más cercana que cuando había empezado y lo que menos deseaba en aquellos momentos era iniciar una mesa redonda sobre mis aficiones. En lugar de eso, pregunté por el informe que les había pedido.
-Sí, ya está -dijo Sánders-. Puede leerlo en este mismo monitor. Aunque me temo que no lo hemos podido hacer todo lo exhaustivo que hubiéramos deseado. En tan poco tiempo...
-Ya me las arreglaré -respondí, sentándome frente al monitor y empezando a leer.
En realidad, una vez separada la paja técnica, no había mucho, y lo que había no resultaba demasiado interesante: un recuento de las distintas pruebas a que habían sometido a Ralo, incluida su estancia conmigo, y los resultados observados en el comportamiento del robot. Pude observar una cosa, sin embargo, a medida que iba a leyendo: el director del proyecto, el jefazo, el genio de las grandes ideas, el principal creador del robot, había sido precisamente Chi-Min. No pude evitar una sonrisa: el nuevo monstruo de Frankenstein, pensé, el viejo mito del creador destruido por su criatura.
Aún faltaban un par de páginas del informe, pero decidí dejarlo. Por un lado no creía que aquello pudiera aclararme realmente mucho, y por el otro tenía ciertas sospechas que deseaba confirmar. Así que me volví a los doctores y pregunté:
-Díganme una cosa, ¿se han efectuado cambios en la programación del robot desde que estuvo conmigo?
Yorodosky y Sanders intercambiaron una mirada. El primero dijo:
-Nosotros no. Nos limitamos a someter al robot a las pruebas que consideremos necesarias. El único que podía alterar su programación era Chi-Min. Sin embargo...
-¿Sí?
-Bueno... no creo que por ahí llegue a ninguna parte. Todos los nuevos programas o las modificaciones de los antiguos, antes de ser introducidos en el robot son filtrados por el ordenador central de la Corporación, y éste se asegura de que las Tres Leyes no se vean afectadas. Incluso, si el ordenador dejara pasar algo que contraviniera alguna de las Leyes, el resultado no sería la transgresión de éstas, sino el aniquilamiento cerebral del robot.
-Ya. 0 sea, cualquier cambio que Chi-Min introdujera en el robot no podría haber afectado a las Tres Leyes. De acuerdo. Sin embargo, ¿introdujo algún cambio?
-Creemos que sí.
-¿Creen? -Verá, sólo él tenía acceso a los programas que diseñaba para RLA-33. Estaban sujetos a una clave que sólo él conocía. Así que no teníamos forma de saber en qué consistían esos programas. Pero ya le he dicho que, fueran los que fueran...
-Sí, sí, de acuerdo. Pero hábleme de ese programa que cree que Chi-Min introdujo.
-En realidad le puedo decir poco. Ni siquiera sabemos si era un programa completamente nuevo o la modificación de uno anterior. Está en el banco de datos del ordenador central, por supuesto, pero para acceder a él se necesita la clave de Chi-Min, y sólo él sabía cuál era. Lo único que podemos decirle es la denominación del fichero, el nombre del programa, pero no creo que le sirva de ayuda.
-Deje que yo decida eso. ¿Cuál era el nombre?
-V. 0. S.
¿V. 0. S.? ¿Qué era aquello? V. 0. S., tres letras sin el menor sentido, y, sin embargo, algo había hecho click dentro de mi cabeza al escucharlas.
-¿Estaba así el nombre? -pregunté, escribiéndolo en un papel, completamente en mayúsculas.
Yorodosky dudó unos momentos.
-Ahora que lo dice... no. Es algo extraño, porque los nombres se suelen escribir en mayúsculas, es la tradición, aunque el ordenador acepta tanto mayúsculas como minúsculas. Sin embargo, en esta ocasión... no sé, quizá Chi-Min estaba cansado y no se dio cuenta de lo que hacía. Verá, la primera letra es mayúscula, pero las otras dos no.
-¿Así? -pregunté escribiendo de nuevo el nombre en el papel, pero ahora de esta forma: Vos.
-Sí, eso es, tal y como le he dicho.
Maldita sea, era eso, tenía que serlo. Pero, incluso así... No, por sí solo no servía para explicar el asunto, tenía que haber algo más, algo como... ¡claro!
-Dígame, doctor, ¿cuál iba a ser el futuro de Ralo?
-¿Su futuro? -Sí, cuando ya le hubieran investigado a fondo y tuviesen los datos suficientes como para desarrollar un prototipo superior a él, cuando ya no lo necesitasen.
-Bueno, el doctor Chi-Min pensaba... En realidad se trataba de una mera posibilidad, nunca llegamos a hablar de ello como de algo definitivo, pero... En fin, él pensaba desmantelar el cuerpo de RLA-33 y dejar sólo su procesador, su cerebro. Cómo lo diría, en cierta forma su idea era convertirlo en un ordenador inteligente. Solía decir que era una buena forma de no perder el dinero que habíamos invertido en el robot una vez éste careciese de utilidad.
-¿Y cómo lo habrían hecho, quiero decir, cuál habría sido el proceso para convertirlo en un ordenador?
-Bueno, primero se le desconectaría, de forma temporal, por supuesto, y su cuerpo seguramente habría pasado al museo de la Corporación. Luego, es un proceso complicado, pero básicamente, su procesador sería introducido en una caja a la que se le añadirían los distintos periféricos: teclado, sintetizador, un monitor, un micrófono, ya sabe.
-¿Y su memoria?
-¿Cómo?
-Sí, me ha dicho que sólo utilizarían el procesador del robot. ¿Qué pasaría con su memoria, la perdería?
-Bueno, le sería extraída y sus datos grabados. Cuando despertase, por así decirlo, como un ordenador, no tendría el menor recuerdo de... de su existencia anterior.
-Ya veo. ¿Y le comentó Chi-Min eso al robot en alguna ocasión?
-No se lo podría decir con seguridad, pero entra dentro de lo probable. A Chi-Min le gustaba poner a RLA-33 en las situaciones más diversas, para ver cómo reaccionaba. Es muy posible que se lo dijera.
-¿Qué opina usted, doctor Sánders?
-Sí, también lo creo.
-¿Doctor Esmíderson?
-Pienso que mis compañeros tienen razón.
Bien, bien, eso era. Pero ahora tenía que encontrar una forma de demostrarlo, o aquellos sesudos científicos no me harían el menor caso. Tenía que arreglármelas para... Sí, podía funcionar. Me dirigí a uno de los guardias de seguridad.
-Escuche. Voy a entrar de nuevo donde el robot. Quiero que usted venga conmigo y se traiga su fusil de alta energía. Doctor Yorodosky, me gustaría que viniera usted también. Y les pediré una cosa: haga yo lo que haga, síganme la corriente, no intenten detenerme.
-¿Es que ... ?
-Eso creo. Pero ahora hay que demostrarlo. Vengan conmigo, por favor.

VII

Entramos de nuevo en la habitación. Allí seguía Ralo, en la misma postura en que yo le había dejado. No se movió tampoco ahora al verme entrar.
-Escucha, Ralo -dije tras unos segundos-. Voy a matar al doctor Yorodosky -desenfundé mi pistola. El guardia y el científico me miraron, inquietos, pero no hicieron un solo movimiento-. Tú puedes salvarle, pero si lo intentas el guardia tiene orden de disparar contra ti. Con toda seguridad llegarás a tiempo para impedir que mate al doctor, pero tú quedarás sin duda destruido. ¿Has entendido? No dijo nada.
-Bien. Ahora contaré mentalmente hasta diez y dispararé. Empecé a contar. Uno. Dos. El robot seguía sin moverse. Tres. Cuatro. Nada. Cinco. El sudor resbalaba por mi frente, la palma de la mano que sostenía la pistola estaba húmeda y resbaladiza. Seis. Siete. Ralo continuaba inmóvil. Ocho. Todavía ni el menor movimiento. Nueve...
-Es inútil, señor Córdal. Puede usted disparar cuando quiera. No intentaré salvar al doctor Yorodsky.
Aparté el dedo del gatillo y guardé la pistola.
-Vámonos -dije.

VIII

-Ahí tienen a su asesino -dije, señalando al robot a través del cristal-. O quizá debería decir: ahí tienen el arma usada por el asesino. El verdadero criminal está ya fuera de nuestro alcance.
-¿Qué quiere decir? -preguntó Yorodosky, aún atónito tras la escena anterior.
-Que fue el propio Chi-Min el causante de su muerte. Si de forma involuntario o con plena conciencia de lo que hacía, no creo que lleguemos a saberlo nunca.
-No... no lo entiendo -dijo Sánders.
Miré a mi alrededor. Por la expresión de los rostros que me contemplaban era evidente que aquella frase expresaba la opinión general.
-Escuchen. Para ustedes resultaba inconcebible que Ralo no estuviera sometido a la primera ley, ¿no es así? Por lo tanto había dos posibilidades: o bien el robot había sido modificado de forma accidental y se le había borrado, por decirlo de un modo simple, la primera Ley, o bien él no era el asesino y mentía, en virtud de la primera Ley, para proteger a alguien. Hasta aquí todos estamos de acuerdo, ¿no?
Asentimiento general de cabezas.
-Para mí estaba claro que el robot seguía sujeto a las Tres Leyes. Ustedes mismos me han dicho que cada nuevo programa era comprobado por el ordenador central en busca de algo que pudiera afectarlas. Para mí, pues, resultaba evidente que Ralo mentía para proteger a un ser humano, el auténtico asesino, del castigo por su crimen. Estaba en lo cierto, pero al mismo tiempo me equivocaba: protegía a alguien, sí, pero no mentía en absoluto. Él era el asesino. Y se estaba protegiendo a sí mismo.
Recuerden: ¿cuál era el nombre del programa que Chi-Min introdujo esta semana en el robot? Vos, la primera letra mayúscula, las otras dos minúsculas. ¿Un despiste al teclear el nombre? Absurdo. Si te despistas tecleas todo en minúsculas o todo en mayúsculas, no alternas unas con otras. Era un hecho completamente intencionado, algo que daba una pista de la verdadera naturaleza del programa para quien lo supiera ver. ¿No les dice nada, en relación con un robot, la palabra Vos?
Nadie respondió.
-¿No recuerdan la historia de Asimov "Para que vos cuidéis de él"? ¿No recuerdan cuál es la clave del argumento de ese relato, la frase: Qué es el hombre, para que Vos cuidéis de él? ¿Y cuál es la conclusión a la que se llega? Que si la definición de ser humano es alterada, la Primera Ley cambia su sentido, sin necesidad de que sea modificada. ¿Lo ven ahora?
-¿Quiere decir que Chi-Min alteró la primera Ley?
-¿Es que no me escuchan? Claro que no, Chi-Min no les tocó un pelo a las preciosas Tres Leyes. No era esa su idea y, aunque hubiera querido, le habría resultado imposible. No, con su programa hizo algo que en apariencia no las afecta, pero que en definitiva altera por completo su significado. Chi-Min, con su programa Vos hizo que el robot empezara a preguntarse qué era realmente un ser humano, y que modificara, en última instancia, la definición de tal. Y se lo repito: si la definición de ser humano no está clara, la Primera Ley, y en consecuencia las tres, carece de valor. Ralo, a causa del programa de Chi-Min, llegó a la conclusión de que él era también un ser humano, y por tanto, el imperativo de preservar la vida del hombre podía aplicársela también a él. Si alguien intentaba hacerle daño, tenía que defenderse, ya no en virtud de la Tercera Ley, sometida a las otras dos, sino impulsado por el imperativo máximo de la Primera Ley. ¿Y qué pretendía hacer Chi-Min? Desconectarle, robarle su movilidad y sus recuerdos, su personalidad, en definitiva. No podía consentirlo, y, por tanto, en defensa propia, mató al doctor.
-Pero... pero aunque fuese como usted afirma. El doctor era también un ser humano. La primera ley...
-Recuerde cuando Ralo estaba conmigo. Una vez traté de ponerle en un dilema, en una situación en la que, actuara como actuara, dañaría a un hombre. Su respuesta fue: optaría por el menor de los daños. Obviamente para Ralo, el daño de la muerte de Chi-Min era menor al de su desconexión y pérdida de recuerdos. ¿Comprenden ahora lo que intenté allí dentro? En virtud de la primera Ley, el robot debió intentar salvar a Yorodosky, aunque el guardia le destruyera. Pero no fue eso lo que hizo, permaneció quieto y me dijo que disparase cuando quisiera. Él no iba a arriesgar su valiosa vida en salvar la de otro. De nuevo optaba por el mal menor.

IX

-¿Qué han averiguado? -le pregunté al padre Beles un par de días más tarde, cuando vino a verme a mi despacho.
-Tenía usted razón, Señor Córdal. Han sometido al robot a distintas pruebas siguiendo su hipótesis y los resultados han sido concluyentes. Están intentando bloquear el código del programa de Chi-Min y ver en qué consistía concretamente. Aunque supongo que resultará más o menos lo que usted dijo. Fue un buen trabajo.
-Tuve mucha suerte -dije, encogiéndome de hombros.
-Sí, la suerte ayudó, sin duda, pero la mayor parte del mérito le corresponde a usted.
-¿Y qué van a hacer ahora?
-La Corporación seguirá investigando, ¿qué si no? Puede, incluso, si llegamos a destripar el programa de Chi-Min, que hagamos volver al robot a la normalidad, al cumplimiento de las Leyes.
-En realidad él las cumplió siempre -dije yo. Interpretó de forma literal su significado y actuó en consecuencia. El problema no estaba en las Leyes.
-Sí, supongo que tiene razón. Me pregunto por qué haría eso Chi-Min, por qué hizo que el robot modificase la definición de ser humano. Me gustaría saber si fue un simple afán de experimentar o era consciente de que lo que hacía causaría su muerte. Aunque temo que nunca lo sepamos. En fin, tengo que irme, señor Córdal. Llevo demasiado tiempo ausente de la Abadía y mis deberes en el Generalato me reclaman. Supongo que volveremos a vernos.
-Ya sabe dónde está mi despacho, padre Beles. Si me necesita para alguna otra vanalidad... no sé, construir un motor de hiperpropulsión o algo así no tiene más que llamarme.
Sonrió apenas.
-Así lo haré, señor Córdal. Buenas tardes.
-Buenas tarde, padre.
Se fue, haciendo pasar con dificultad su enorme cuerpo por el hueco de la puerta. Yo me quedé allí, solo, reflexionando, pensando quizá en el destino que le aguardaba a Ralo. Pobre robot, no puede evitar pensar, víctima de los palos de ciego de la ciencia.
Ah, vamos, Roy, no te pongas moralista, no te sienta bien. Piensa mejor en lo orgulloso que Lije Baley se sentiría de ti. ¿Orgulloso? ¿Orgulloso por haber descubierto que R. Daneel era el asesino? Bueno, nadie es perfecto.
Me levanté de la silla y miré por la ventana. Estaba anocheciendo y el sol moribundo se reflejaba en la pirámide truncada del edificio de la Corporación cibernética. Un día más que se iba, pensé.

El verano del cohete (Ray Bradbury)


Enero de 1999

Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.

Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.

El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas.

El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida. El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la Tierra...

(Cuento de Crónicas Marcianas)

La ola de perfume verde (Roberto Arlt)


Yo ignoro cuáles son las causas que lo determinaron al profesor Hagenbuk a dedicarse a los naipes, en vez de volverse bizco en los tratados de matemáticas superiores. Y si digo volverse bizco, es porque el profesor Hagenbuk siempre bizqueó algo; pero aquella noche, dejando los naipes sobre la mesa, exclamó:
--¿Ya apareció el espantoso mal olor?
El olfato del profesor Hagenbuk había siempre funcionado un poco defectuosamente, pero debo convenir que no éramos nosotros solos los que percibíamos ese olor en aquel restaurant de después de medianoche, concurrido por periodistas y gente ocupada en trabajos nocturnos, sino que también otros comensales levantaban intrigados la cabeza y fruncían la nariz, buscando alrededor el origen de esa pestilencia elaborada como con gas de petróleo y esencia de clavel.
El dueño del restaurant, un hombre impasible, pues a su mostrador se arrimaban borrachos conspicuos que toda la noche bebían y discutían de pie frente a él, abandonó su flema, y, dirigiéndose a nosotros --desde el mostrador, naturalmente--, meneó la cabeza para indicarnos lo insólito de semejante perfume.
Luis y yo asomamos, en compañía de otros trasnochadores, a la puerta del restaurant. En la calle acontecía el mismo ridículo espectáculo. La gente, detenida bajo los focos eléctricos o en el centro de la calzada, levantaba la cabeza y fruncía las narices; los vigilantes, semejantes a podencos, husmeaban alarmados en todas direcciones. El fenómeno en cierto modo resultaba divertido y alarmante, llegando a despertar a los durmientes. En las habitaciones fronteras a la calle, se veían encenderse las lámparas y moverse las siluetas de los recién despiertos, proyectadas en los muros a través de los cristales. Algunas puertas de calle se abrían. Finalmente comenzaron a presentarse vecinos en pijamas, que con alarmante entonación de voz preguntaban:
--¿No serán gases asfixiantes?
A las tres de la madrugada la ciudad estaba completamente despierta. La tesis de que el hedor clavel-petróleo fuera determinada por la emanación de un gas de guerra, se había desvanecido, debido a la creencia general en nuestro público de que los gases de guerra son de efecto inmediato. Lo cual contribuía a desvanecer un pánico que hubiera podido tener tremendas consecuencias.
Los fotógrafos de los periódicos perforaban la media luz nocturna con fogonazos de magnesio, impresionando gestos y posturas de personas que en los zaguanes, balcones, terrazas y plazuelas, enfundadas en sus salidas de baño o pijamas, comentaban el fenómeno inexplicable.
Lo más curioso del caso es que en este alboroto participaban los gatos y los caballos. "Xenius", el hábil fotógrafo de "El Mundo" nos ha dejado una estupenda colección de caballos aparentemente encabritados de alegría entre las varas de sus coches y levantando los belfos de manera tal, que al dejar descubierto el teclado de la dentadura pareciera que se estuviesen riendo.
Junto a los zócalos de casi todos los edificios se veían gatos maullando de satisfacción encrespando el hocico, enarcado el lomo, frotando los flancos contra los muros o las pantorrillas de los transeúntes. Los perros también participaban de esta orgía, pues saltando a diestra y siniestra o arrimando el hocico al suelo corrían como si persiguieran un rastro, mas terminaban por echarse jadeantes al suelo, la lengua caída entre los dientes.
A las cuatro de la madrugada no había un solo habitante de nuestra ciudad que durmiera, ni la fachada de una sola casa que no mostrara sus interiores iluminados. Todos miraban hacia la bóveda estrellada. Nos encontrábamos a comienzos del verano. La luna lucía su media hoz de plata amarillenta, y los gorriones y jilgueros aposentados en los árboles de los paseos piaban desesperadamente.
Algunos ciudadanos que habían vivido en Barcelona les referían a otros que aquel vocerío de pájaros les recordaba la Rambla de las Flores, donde parecen haberse refugiado los pájaros de todas las montañas que circunvalan a Barcelona. En los vecindarios donde había loros, éstos graznaban tan furiosamente, que era necesario taparse los oídos o estrangularles .
--¿Qué sucede? ¿Qué pasa?--era la pregunta suspendida veinte veces, cuarenta veces, cien veces, en la misma boca.
Jamás se registraron tantos llamados telefónicos en las secretarías de los diarios como entonces. Los telefonistas de guardia en las centrales enloquecían frente a los tableros de los conmutadores; a las cinco de la mañana era imposible obtener una sola comunicación; los hombres, con la camisa abierta sobre el pecho, habían colgado los auriculares. Las calles ennegrecían de multitudes. Los vestíbulos de las comisarías se llenaban de visitantes distinguidos, jefes de comités políticos, militares retirados, y todos formulaban la misma pregunta, que nadie podía responder:
--¿Qué sucede? ¿De dónde sale este perfume?
Se veían viejos comandantes de caballería, el collar de la barba y el bastón de puño de oro, ejerciendo la autoridad de la experiencia, interrogados sobre química de guerra; los hombres hablaban de lo que sabían, y no sabían mucho. Lo único que podían afirmar es que no se estaba en presencia de un fenómeno letal, y ello era bien evidente, pero la gente les agradecía la afirmación. Muchos estaban asustados, y no era para menos.
A las cinco de la mañana se recibían telegramas de Córdoba, Santa Fe, Paraná y, por el Sur, de Mar del Plata, Tandil, Santa Rosa de Toay dando cuenta de la ocurrencia del fenómeno. Los andenes de las estaciones hervían de gente que, con la arrugada nariz empinada hacia el cielo, consultaban ávidamente la fragancia del aire.
En los cuarteles se presentaban oficiales que no estaban de guardia o con licencia. El ministro de Guerra se dirigió a la Casa de Gobierno a las cinco y cuarto de la mañana; hubo consultas e inmediatamente se procedió a citar a los químicos de todas las reparticiones nacionales, a las seis de la mañana. Yo, por no ser menos que el ministro me presenté en la redacción del diario; cierto es que estaba con licencia o enfermo, no recuerdo bien, pero en estas circunstancias un periodista prudente se presenta siempre. Y por milésima vez escuché y repetí esta vacua pregunta:
--¿Qué sucede? ¿De dónde viene este perfume?
Imposible transitar frente a la pizarra de los diarios. Las multitudes se apretujaban en las aceras; la gente de primera fila leía el texto de los telegramas y los transmitía a los que estaban mucho más lejos.
"Comunican que la ola de perfume verde ha llegado a San Juan."
"De Goya informan que ha llegado la ola de perfume verde."
"Los químicos e ingenieros militares reunidos en el Ministerio de Guerra dictaminan que, dada la amplitud de la ola de perfume, ésta no tiene su origen en ninguna fábrica de productos tóxicos."
"La Jefatura de Policía se ha comunicado con el Ministerio de Guerra. No se registra ninguna víctima y no existen razones para suponer que el perfume petróleo-clavel sea peligroso."
"El observatorio astronómico de La Plata y el observatorio de Córdoba informan que no se ha registrado ningún fenómeno estelar que pueda hacer suponer que esta ola sea de origen astral. Se cree que se debe a un fenómeno de fermentación o de radioactividad."
"Bariloche informa que ha llegado la ola de perfume."
"Rio Grande do Sul informa que ha llegado la ola de perfume."
"El observatorio astronómico de Córdoba informa que la ola de perfume avanza a la velocidad de doce kilómetros por minuto."
"Nuestro diario instaló un servicio permanente de comunicación con estación de radio; además situó a un hombre frente a las pizarras de su administración; éste comunicaba por un megáfono las últimas novedades, pero recién a las seis y cuarto de la mañana se supo que en reunión de ministros se había resuelto declarar el día feriado. El ministro del Interior, por intermedio de las estaciones de radios y los periódicos se dirigían a todos los habitantes del país, encareciéndoles:
"1° No alarmarse por la persistencia de este fenómeno que, aunque de origen ignorado, se presume absolutamente inofensivo.
"2° Por consejo del Departamento Nacional de Higiene se recomienda a la población abstenerse de beber y comer en exceso, pues aún se ignoran los trastornos que puede originar la ola de perfume."
Lo que resulta evidente es que el día 15 de septiembre los sentimientos religiosos adormecidos en muchas gentes despertaron con inusitada violencia, pues las iglesias rebosaban de ciudadanos, y aunque el tema de los predicadores no era "estamos en las proximidades del fin del mundo", en muchas personas se desperezaba ya esta pregunta.
A las nueve de la mañana, la población fatigada de una noche de insomnio y de emociones se echó a la cama. Inútil intentar dormir. Este perfume penetrante petróleo-clavel se fijaba en las pituitarias con tal violencia, que terminaba por hacer vibrar en la pulpa del cerebro cierta ansiedad crispada. Las personas se revolvían en las camas impacientes, aturdidas por la calidez de la emanación repugnante, que acababa por infectar los alimentos de un repulsivo sabor aromático. Muchos comenzaban a experimentar los primeros ataques de neuralgia, que en algunos se prolongaron durante más de sesenta horas, las farmacias en pocas horas agotaron su stock de productos a base de antitérmicos, a las once de la mañana, hora en que apareció el segundo boletín extraordinario editado por todos los periódicos: el negocio fue un fracaso. En los subsuelos de los periódicos grupos de vendedores yacían extenuados; en las viviendas la gente, tendida en la cama, permanecía amodorrada; en los cuarteles los soldados y oficiales terminaron por seguir el ejemplo de los civiles; a la una de la tarde en toda Sudamérica se habían interrumpido las actividades más vitales a las necesidades de las poblaciones: los trenes permanecían en medios de los campos...con los fuegos apagados; los agentes de policía dormitaban en los umbrales de las casas; se dio el caso de un ladrón que, haciendo un prodigioso esfuerzo de voluntad, se introdujo en una oficina bancaria, despojó al director del establecimiento de sus llaves e intento abrir la caja de hierro en presencia de los serenos que le miraban actuar sin reaccionar, pero cuando quiso mover la puerta de acero su voluntad se quebró y cayó amodorrado junto a los otros.
En las cárceles el aire confinado determinó más rápidamente la modorra en los presos que en los centinelas que los custodiaban lo alto de las murallas donde la atmósfera se renovaba, pero al final los guardianes terminaron por ceder a la violencia del sueño que se les metía en una "especie de aire verde por las narices" y se dejaban caer al suelo. Este fue el origen de lo que se llamó el perfume verde. Todos, antes de sucumbir a la modorra, teníamos la sensación de que nos envolvía un torbellino suave, pero sumamente espeso, de aire verde.
Las únicas que parecían insensibles a la atmósfera del perfume clavel-petróleo eran las ratas, y fue la única vez que se pudo asistir al espectáculo en que los roedores, salieron de sus cuevas, atacaban encarnizadamente a sus viejos enemigos los gatos. Numerosos gatos fueron destrozados por los ratones.
A las tres de la tarde respirábamos con dificultad. El profesor Hagenbuk, tendido en un sofá de mi escritorio, miraba a través de los cristales al sol envuelto en una atmósfera verdosa; yo, apoltronado en mi sillón, pensaba que millones y millones de hombres íbamos a morir, pues en nuestra total inercia al aire se aprecia cada vez más enrarecido y extraño a los pulmones, que levantaban penosamente la tablilla del pecho; luego perdimos el sentido, y de aquel instante el único recuerdo que conservo es el ojo bizco del profesor Hagenbuk mirando el sol verdoso.
Debimos permanecer en la más completa inconsciencia durante tres horas. Cuando despertamos la total negruda del cielo estaba rayada por tan terribles relámpagos, que los ojos se entrecerraban medrosos frente al ígneo espectáculo .
El profesor Hagenbuk, de pie junto a la ventana murmuró:
--Lo había previsto; ¡vaya si lo había previsto!
Un estampido de violencia tal que me ensordeció durante un cuarto de hora me impidió escuchar lo que él creía haber previsto. Un rayo acababa de hendir un rascacielo, y el edificio se desmoronó por la mitad, y al suceder el fogonazo de los rayos se podía percibir el interior del edificio con los pisos alfombrados colgando en el aire y los muebles tumbados en posiciones inverosímiles.
Fue la última descarga eléctrica.
El profesor Hagenbuk se volvió hacia mí, y mirándome muy grave con su extraordinario ojo bizco, repitió:
--Lo había previsto.
Irritado me volví hacia él.
--¿Qué es lo que había previsto usted, profesor?--grité.
--Todo lo que ha sucedido.
Sonreí incrédulamente. El profesor se echó las manos al bolsillo, retiró de allí una libreta, la abrió y en la tercera hoja leí:
"Descripción de los efectos que los hidrocarburos cometarios pueden ejercer sobre las poblaciones de la Tierra."
--¿Qué es eso de los hidrocarburos cometarios?
El profesor Hagenbuk sonrió piadosamente y me contestó:
--La substancia dominante que forma la cola de los cometas. Nosotros hemos atravesado la cola de un cometa.
--¿Y por qué no lo dijo antes?
--Para no alarmar a la gente. Hace diez días que espero la ocurrencia de este fenómeno, pero..., a propósito; anoche usted se ha quedado debiéndome treinta tantos de nuestra partida.
Aunque no lo crean ustedes, yo quedé sin habla frente al profesor. Y estas son las horas en que pienso escribir la historia de su fantástica vida y causas de su no menos fantástico silencio.

El alquimista ( H.P. Lovecraft)

Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso del invasor.

Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora poderosos señores del lugar.

Fue en una de las vastas y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre. Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. Por entonces, Pierre me había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.

Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo que más llamaban mi atención.

Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. A lo que me refiero es a la temprana edad en la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos años. En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el increíble relato que tenía ante los ojos.

El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. En él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malhadado, debido a su siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado, buscando cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las prácticas más odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.

Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin más demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto en vano. Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C.

«Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida
Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»

proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche. El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban la colina.

El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. Pero cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un campo cercano y

sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su temprana muerte. Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera su infortunado antepasado al morir.

Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. Solitario como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación para la extraña maldición que afligía a mi familia. En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.

Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo enterré sin ayuda bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados. Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos. Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad. Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.

Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con aprensión. Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo. Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.

El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados de los antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance. Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que pueda imaginarse. Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana. Era un hombre vestido con un casquete1 y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión. Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca antes viera en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Por fin, la figura habló con una voz retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa aparición hablaba de la maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier. Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora el odioso narrador. Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su vengativa maldición. Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y juventud eternas.

Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años antes con mi antepasado. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el frustrado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.

Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y, recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos pasados desde la época de Charles le Sorcier? El peso del espanto, sufrido durante años, desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en una interminable pesadilla. Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de la puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del suelo. Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca retorcida. A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada. Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí estremecer al observarlo.

Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.

-¡Necio! -gritaba-. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE SORCIER!

FIN

Espantos de agosto (Gabriel García Márquez)

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.

Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

-El más grande -sentenció- fue Ludovico.

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. "Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos". Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

Zapatos (Mempo Giardinelli)

Mamá está furiosa con papá porque a papá no le gustan los zapatos que ella usa, y dice que lo que él le hizo hoy es algo que no le piensa perdonar mientras viva ni después de muerta.

Cualquiera podría acordar con papá en que lo que hizo es una pavada, pero entre ellos el episodio devino en una cuestión capital, definitiva, porque el rencor de mamá es de jíbaro, un resentimiento de tragedia shakesperiana y de perro del hortelano, como dice Tía Etelvina cuando la ve así, porque dice (Tía Etelvina) que mamá, enojada, sólo tiene camino de ida y se pone de tal manera que no perdona ni deja perdonar.

Mamá tiene unos pies muy lindos, preciosos y parejitos, sin callos y con los dedos como repulgue de empanaditas, y en eso todo el mundo está de acuerdo. Por eso mismo, dice papá, es un crimen que use zapatos tan feos. Yo no sé qué te da por ponerte esos zapatones horribles, grandes, cerrados y que además hacen ruido, dice papá. Y encima, inexplicablemente, producen un crujidito horrible al caminar pero que no se puede ni mencionar porque vos jamás aceptás una crítica. Lo que pasa es que tus críticas jamás son constructivas, dice mamá. Lo que pasa es que te ponés hecha una fiera, dice papá. Y al cabo mamá le grita que en todo caso es un defecto de nacimiento y mejor no te metás con mis defectos, estoy harta de que me critiques, harta de que me juzgues, y harta de esta vida que llevamos porque yo me merezco otra cosa (que es lo que mamá dice siempre). Y como no hay manera de pararla papá se calla la boca y ella sigue diciendo todo lo demás que es capaz de decir, que es muchísimo y es feroz.

A mamá no se le puede pedir discreción en nada. Y tampoco tiene un gran sentido del humor. Cuando eran más jóvenes él le sugería que usara zapatillas, total, bromeaba, yo te voy a querer igual. Pero ella, en todo su derecho, se compraba los zapatos que le gustaban y usaba los que quería, y siempre protestando que yo no sé por qué los hombres tienen esa manía de pretender dirigir la vestimenta de las mujeres: cuando la conocen a una se enganchan por las ropas audaces pero cuando nos tienen enganchadas quieren que andemos como monjas y guay de una si se pone minifalda o se le ve un cacho de teta.

Guaranga como es ella, vehemente y fulminadora con la mirada, ni en chiste se le puede hablar de lo que no le gusta. Eso ya lo sabemos. Por eso lo que hizo papá este sábado a la tarde, aunque suene a pavada, fue demasiado: no había nadie de la familia en la casa, y él aprovechó para juntar todos los zapatos de mamá, como diez o doce pares, viejos y nuevos, y los metió en una bolsa y llamó a Juanita, que es la muchacha que trabaja en la casa ayudando en las tareas porque aunque no somos ricos tenemos sirvienta cama afuera, como quien dice, y le dijo tome Juanita, me ordenó la señora que se los regale.

Y le entregó la bolsa con todos los zapatos, que Juanita, chocha, se llevó a su casa.

Por supuesto, y como era de esperar, mamá se dio cuenta esa misma noche, en cuanto llegó y se quitó las botas que llevaba puestas y buscó las sandalias de entrecasa. Descubrió el ropero vacío de zapatos y fue todo uno gritar desde el dormitorio: "¡Titino qué hiciste con mis zapatos!" y salir a torearlo.

Papá estaba de lo más divertido y le dijo la verdad: se los regalé todos a Juanita. Lo que ipso facto desató en mamá una verborrea de lo peor: lo trató de tano bruto, comunista nostálgico y hasta le dijo nazi antisemita hijo de puta y después se fue a contarle a todo el mundo, empezando por la abuela y la Tía Etelvina, que este hombre cuando está aburrido es un peligro, por qué no se meterá sólo en lo suyo y ahora va a ver cuánto le va a salir la cuenta de la zapatería.

A mí hay dos cosas que me revientan de ellos dos: la incapacidad de aceptar los comentarios ajenos que tiene mamá; y esa manía de querer cambiar a la gente que tiene papá.

Pero es inútil, con ellos. La Tía Etelvina dice que a gente así lo mejor es ignorarla. Y yo creo que tiene razón. Pero cuando son los papás de uno no se puede.

Instrucciones para subir una escalera (Cortázar)




Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.




de "Historias de Cronopios y de Famas", Julio Cortázar, 1962. © 1996 Alfaguara